
No sólo era callada sino que sus palabras eran reticentes, como si viviera
bajo un perpetuo temor. No fueron sus palabras las que me explicaron lo que
Georgina era en aquel momento de su vida ni los sufrimientos que padecía.
Fueron sus pinturas. ¿Le dije que ella pintaba desde niña?
No vaya a creer que sus cuadros me dijeran cosas directas, pues en ellos no
había ni siquiera figuras humanas, y mucho menos anécdota. Eran naturalezas
muertas: una silla al lado de una ventana, un florero. Pero, qué milagro: uno dice
“silla” o “ventana” o “reloj”, palabras que designan meros objetos de ese frígido
e indiferente mundo que nos rodea, y sin embargo de pronto transmitimos algo
misterioso e indefinible, algo que es como una clave como un patético mensaje
de una profunda región de nuestro ser. Decimos “silla” pero no queremos decir
“silla”, y nos entienden. O por lo menos nos entienden aquellos a quienes está
secretamente destinado el mensaje, críptico, pasando indemne a través de las
multitudes indiferentes y hostiles. Así que ese par de zuecos, esa vela, esa silla
no quiere decir ni esos zuecos, ni esa vela macilenta, ni aquella silla de paja,
sino Van Gogh, Vincent (sobre todo Vincent): su ansiedad, su angustia, su
soledad; de modo que son más bien su autorretrato, la descripción de sus
ansiedades más profundas y dolorosas. Sirviéndose de aquellos objetos externos
e indiferentes, esos objetos de ese mundo rígido y frío que está fuera de
nosotros, que acaso estaba antes de nosotros y que muy probablemente seguirá
permaneciendo, indiferente y helado, cuando hayamos muerto, como si esos
objetos no fueran más que temblorosos y transitorios puentes (como las palabras
para el poeta) para salvar el abismo que siempre se abre entre uno y el universo;
como si fueran símbolos de aquello profundo y recóndito que refleja;
indiferentes y objetivos y grises para los que no son capaces de entender la clave
pero cálidos y tensos y llenos de intención secreta para los que la conocen.
Porque en realidad esos objetos pintados no son los objetos de aquel universo
indiferente sino objetos creados por aquel ser solitario y desesperado, ansioso de
comunicarse, que hace con los objetos lo mismo que el alma realiza con el
cuerpo: impregnándolo de sus anhelos y sentimientos, manifestándose a través
de las arrugas carnales, del brillo de sus ojos, de las sonrisas y de las comisuras
de sus labios; como un espíritu que trata de manifestarse (desesperadamente)
con el cuerpo ajeno, y a veces groseramente ajeno, de una histérica o de una
médium profesional y fría.
Así yo también pude saber algo de lo que pasaba en la parte más oculta, y
por mí más añorada, del alma de Georgina.
¿Para qué, Dios mío? ¿Para qué?
Sobre héroes y tumbas.
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